Desde que era bien pequeña he querido irme de voluntaria a algún orfanato africano (quizá es porque desde que tengo uso de razón y veía los anuncios de niños hambrientos en la televisión he querido adoptar un niño de esa zona). Tanto es así que, en un trabajo para la asignatura de francés de primero de bachillerato que aún conservo (tendría yo entre 16 y 17 años), nos hicieron escribir cómo nos veíamos cuando tuviésemos 32 años. En mi caso, era una médico de Médicos sin Fronteras viviendo en países árabes con una niña etíope adoptada.

Pues bien, estoy a días de hacer los 30 y nada de eso se ha cumplido. Y cuando tenía 26, viendo que mis planes estaban muy lejos de ser alcanzados, cogí todo mi dinero ahorrado, me compré un billete de avión y me fui a hacer un voluntariado en Etiopía.

Voluntariado en Etiopía
Nuestra colaboradora Laura Méndez te cuenta cómo fue su voluntariado en Etiopía. Foto: Laura Méndez

No todo fue tan a lo loco como parece, porque Etiopía es el quinto país más pobre del  mundo, con la inseguridad que eso supone. Yo acababa de llegar de Londres, donde había estado viviendo un año, y volver a casa de mis padres tras unos dos años viviendo fuera (entre unos países y otros) se me hizo cuesta arriba. Necesitaba irme, ¿y qué mejor que hacerlo cumpliendo un sueño?

Preparando el viaje a Etiopía

Busqué ONGs con las que me sintiese cómoda, y encontré Ambessa, una pequeña ONG cordobesa llevada por una pareja que, tras su primer viaje a la capital etíope para adoptar un niño, decidieron hacer algo al respecto con la situación de muchos niños allí.

Las condiciones eran similares a las de la mayoría de las ONG: los billetes eran por mi cuenta, tenía que pagar 250€ por estar allí y el visado máximo era de 3 meses. Reservé un vuelo para el 14 de enero, me compré una guía del país y empecé a planear mi viaje.

Etiopía es un país de contrastes, sobre todo, culturales. Es el único país que nunca ha sido colonizado por completo. El norte en su momento fue italiano, pero la resistencia de sus gentes hizo que no pasasen de ahí. Por ello el norte tiene iglesias excavadas en el suelo, unas edificaciones en las montañas sorprendentes y ciudades de impresión, mientras que el sur sigue poblado por tribus más cercanas al neolítico que a nuestros días. Por ello decidí que estaría dos meses en el orfanato y que el último me iría a recorrer el país, en especial el sur. Me compré una mochila de 15l y mucho repelente de mosquitos, inicié las vacunas y me leí todos los blogs habidos y por haber.

Las primeras impesiones de Etiopía

Llegué allí un 15 de enero y Ficru, un señor etíope que hablaba bastante bien castellano (había estudiado durante 14 años en Cuba), me estaba esperando. En furgoneta fuimos a Holeta, el pueblo donde está esta casa, a unos 80km de la capital, Addis Ababa.

Los monumentos y paisajes los podéis ver en internet, por eso creo que es más interesante si me centro en las experiencias o sensaciones. La primera mala impresión me la llevé en El Cairo, donde hice escala, ya que primero pasamos los caucásicos y cuando todos hubimos embarcado, lo hicieron los etíopes (quienes estaban todos sentados en la parte trasera del avión). Me sentí fatal, fue como ver una película basada en el racismo estadounidense de los años 20, pero con mis ojos.

Cuando llegué aluciné por lo nítido que era el cielo, nunca, repito, nunca había visto nítida la Vía Láctea, y allí era clara como un cinturón de Swarovsky. Además, había demasiados militares (luego descubrí que evitando que la gente huya del país tienen así de protegido el aeropuerto, y de hecho no se puede entrar sin mostrar el billete de avión con fecha para ese día).

Me subí a la furgoneta de Ficru un poco asustada, todo hay que decirlo. Iba sola, a las 4 de la mañana con 4 hombres en una furgoneta, por un país donde no sabía decir ni hola y cada vez nos alejábamos más de la ciudad. Luego descubriría que tener miedo de ellos era una tontería porque son la gente más amable que he visto en mi vida.

Cuando llegué al poblado se me vino el alma a los pies: no estaba asfaltado, las casas eran de adobe, la gente iba descalza y estaban todos super demacrados. No estaba preparada para ver eso, aunque creía que si. Los días en la casa se me pasaron volados. Allí conocí a más españolas, una catalana con la que estuve dos semanas y una canaria con la que estuve otras dos. Pasábamos más tiempo corriendo a la capital al hospital que otra cosa pero bueno… Era normal, teniendo en cuenta que la sanidad allí es privada (y muy cara) y la llegada de voluntarios suponía la llegada de dinero.

Voluntariado en Etiopía
El poblado donde Laura realizó el voluntariado. Foto: Laura Méndez

Qué aprendí en mi voluntariado en Etiopía

Allí aprendí a valorar cosas que aquí son insignificantes: la electricidad (¡me tiré casi una semana sin luz!), lo importante que es compartir aunque no tengamos casi nada, el amor que dan los niños, lo malos y egoístas que somos los adultos y el asco que dan las potencias mundiales (allí me contaron que los integrantes del tercer mundo no pueden salir de sus países salvo si es a los del segundo mundo o con un contrato de trabajo).

También lloré, lloré mucho. Ver cómo la gente se retorcía de dolor por algo que aquí se solucionaría con un diurético (y que allí no supiesen ni lo que es), que la gente de 30 años aparentase 50 o que las madres nos ofrecieran en adopción o acogida a sus hijos con lágrimas en los ojos solo para poder darles una vida mejor le parte el alma a cualquiera.

Pero lo peor llegó cuando me llevaron al orfanato más grande de la capital. Eso es de las cosas que se graban en la retina. Niños de 7 u 8 años ofreciendo a los blancos que llegan a sus hermanos (porque, según nos afirmaban a la cara, ellos eran demasiado grandes y sabían que en ellos no estábamos interesados), una sala llena de niños discapacitados rodeados de inmundicia porque “no valen para nada” y la incapacidad de sacar a esos niños de allí porque ese mismo año, 2016, Etiopía decidió cerrar las bases de adopción internacional para potenciar la adopción nacional. Estúpido, lo sé.

Mi plan al final no salió como yo quise: me enamoré de un niño de 12 años al que intenté traerme en acogida, pero no pude porque no teníamos una diferencia de 25 años, y mis padres (que lo intentaron al rechazármelo a mi) eran demasiado mayores. También me tocó ser profesora ¡de adultos! ya que las mujeres, muchas de ellas, no sabían ni vinculaban la regla (o su falta) al inicio del periodo fértil de la mujer.

Al final los altercados militares (quemaron hasta un colegio de mi poblado donde se había refugiado la gente tras una manifestación) hicieron que considerasen que estar allí para los turistas era muy peligroso y no me renovaron el visado. Volví mes y medio antes de lo esperado, sin recorrer el país, pero aprendí allí más en 6 semanas que en años viviendo en España.

Volveré, eso lo tengo claro, tanto al orfanato como a recorrerme ese maravilloso país. A comer enjeera y, si ya han abierto las bases, a adoptar. Y, por supuesto, os aconsejo a todas que si estáis pensando en ir de voluntarias ¡lo hagáis! tanto por lo que podéis dar como por lo que podéis recibir. Es de esas pocas experiencias que, de verdad, cambian a alguien.

Laura Méndez

Estoy a punto de hacer 30 años y soy una loca de los viajes. Estudié periodismo y publicidad y me dediqué a viajar y a coger trabajillos pequeñitos de camarera o dependienta hasta que, tras vivir en dos o tres países distintos, ahorré lo suficiente para poder realizar mi sueño e irme a Etiopía. Desde entonces viajo cuando puedo mientras que oposito a museos y escribo en comoviajarsolaybarato.com.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Me siento tan identificada con lo que has descrito. Yo de pequeña tenía claro que quería estudiar medicina para ser pediatra y trabajar en médico sin fronteras pero por razones de nota de corte no pude, por lo que estudié nutrición, trabajando de camarera entre medias para pegarme los estudios, ya que así podía seguir aportando mi granito de arena a esa gran comunidad. A día de hoy con 26 años después de haber vivido siete años fuera, el volver a casa d mis padres se me está haciendo un mundo, pero todavía no he tenido la valentía de dejarlo todo e irme a hacer ese voluntariado que siempre he soñado por Sudamérica. Tras leer tu post, veo que somos muchos y que tengo q dejar atrás los miedos y hacer aquellos que nos hace felices.

  2. Pues yo es lo mejor que he hecho. También he de decir que como me pilló sin un trabajo fijo me fue más fácil dejar todo. Pero unos años antes viví en Malta y compartiendo piso conocí a una italiana de 37 años que me cambió la forma de ver todo; me dijo que ella siempre había querido vivir fuera y vivir distintas aventuras pero que por el trabajo y la pareja no lo había hecho, hasta que con 35 años estaba ya tan deprimida por no haber conseguido sus sueños que dejó todo y se fue, con lo difícil que le iba a ser todo luego: encontrar trabajo, pareja… renunciar a cosas que estaban haciendo otros de su edad como tener hijos… y pensé “pues antes de jorobarme así la vida lo hago ahora que tengo edad para ello “ así que solo puedo decirte ¡anímate!

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